Ellos consiguen que la vida se desprenda como un torrente
por la espina dorsal. He intentado pararlo. He querido ser la yegua, el trineo,
la locomotora, la carta para salir de la cárcel.
Solo para olvidar la cicatriz, el silencio, la madrugada del
lunes, la falta de libertad. Solo para esconderla. Esconder la solución a esta guerra
civil de aldea.
He cantado. Junto al Ribera de Duero y la ropa tendida
en la cocina.
Y he cambiado las claves del sol y el diagrama del cuarto
sin ascensor.
No saldré a buscarte.
Las respuestas tienen forma de mujer y están rotas. Y
vuelan mucho más alto. Más lejos.
La voz de la queja con dos oídos sordos. Hastiados de ti.
Atemorizados del ruido de las pausas.
Del dolor de la necesidad.
De este capcioso final de los comienzos.
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