Un día, tu mundo se cae, se destruye, explosiona, se hace
pedazos. Esa mañana en la que no reconoces el techo sobre tu cama, ni la luz de
la ventana.
Dios ha muerto. La ciudad está disfrazada y tú no perteneces
ni a ella ni a dios. Tú nombre suena distinto en los labios de los tuyos, que
ahora son otros.
Ya no estás. Quizá ya no estabas y no lo ví porque no
miraba.